Flamingo.

We. At the balcony.
Todavía no tiene nombre, pero me hace sonreír. Cuando levanto la persiana, me observa pillín con su mirada kistch. Es apolítico, pasa de elecciones tanto como de las gilipolleces en la oficina que tiendo a magnificar hasta que se vuelven contra mí. Piel rosa y ojos muy pequeños. Suficiente para que le refleje y tiña su campo visual de un tono candy. Patas largas y delgadas, justo como me gustan a mí. Tristemente pegadas al suelo, con lo que nunca las consigue lucir.
Me dice que, hasta bajo el diluvio de esta madrugada, se sentía bien aquí. Agradezco no ser la única que se siente así. Porque cuanto más vueltas doy por el barrio, más encantada, acogida e identificada me encuentro aquí. Sin palabras que clarifiquen. Simplemente, he echado raíz. Ayudo a los turistas y reconozco a los eternos del uteservering, tanto como a los borrachos que pueblan los bancos, desde el punto de la mañana. Salgo a correr y tomo el sol en nuestro jardín.
Söder es el mejor barrio del mundo. Aunque sólo lo sepamos los que vivimos aquí 😛
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